Llegamos a una conversación, a una consulta o a ese diálogo silencioso con nosotros mismos convencidos de haber identificado el origen de nuestro malestar. Nos repetimos que el problema es no saber poner límites, que nuestra pareja ya no nos comprende o que hemos perdido el rumbo profesional. Construimos una explicación coherente, lógica y aparentemente incontestable.
Sin embargo, cuando nos detenemos a observar con mayor profundidad, suele aparecer una realidad mucho más incómoda: aquello contra lo que luchamos cada día rara vez es la causa de nuestro sufrimiento. Con frecuencia es la mejor estrategia que nuestra mente encontró para protegernos de algo que, en otro momento de nuestra vida, resultó demasiado difícil sostener.
La pantalla de humo
La mente posee una extraordinaria capacidad para protegernos. Cuando una experiencia amenaza con despertar un dolor antiguo, el miedo al rechazo o la posibilidad de fracasar, desvía nuestra atención hacia un conflicto más manejable.
«Creamos así una batalla secundaria donde invertimos toda nuestra energía sin acercarnos al verdadero origen del problema.»
Nos obsesionamos con la falta de disciplina sin preguntarnos qué ocurriría si descubriéramos de lo que realmente somos capaces. Discutimos una y otra vez por cuestiones superficiales para evitar reconocer la distancia emocional que se ha instalado en una relación. Esperamos tener absoluta certeza antes de actuar, llamando prudencia a lo que, en realidad, es miedo a la incertidumbre.
Mientras tratamos de resolver el síntoma, la causa permanece intacta.
Lo que ganamos sin darnos cuenta
Existe una pregunta incómoda que pocas veces nos permitimos formular:
¿Qué está protegiendo este problema?
Nadie elige sufrir deliberadamente. Sin embargo, muchos de nuestros conflictos cumplen una función silenciosa: mantener el equilibrio conocido, aunque ese equilibrio nos haga daño.
Permanecer atrapados en el mismo problema evita tener que afrontar decisiones que cambiarían profundamente nuestra vida. Quejarnos continuamente del trabajo puede impedirnos descubrir quiénes somos más allá de nuestra profesión. Mantener relaciones superficiales puede protegernos del miedo a ser heridos si mostramos nuestra verdadera vulnerabilidad.
«El dolor conocido resulta más predecible que la incertidumbre del cambio.»
Mirar donde realmente importa
Salir de este círculo no requiere luchar más contra uno mismo. Requiere cambiar la dirección de la mirada.
La próxima vez que sientas que llevas demasiado tiempo intentando resolver el mismo problema, haz una pausa.
Pregúntate qué verdad estás evitando mirar mientras concentras toda tu energía en esa batalla de superficie.
– ¿Qué cambiaría en tu vida si ese problema desapareciera mañana?
– ¿Quién tendrías que dejar de ser?
A menudo, la verdadera transformación comienza cuando dejamos de combatir el síntoma y nos atrevemos a comprender aquello que intenta proteger.
En ese instante descubrimos que nunca estuvimos rotos. Simplemente habíamos aprendido a sobrevivir de la mejor manera que supimos.
«Cuando dejamos de luchar contra el problema equivocado, aparece un espacio nuevo desde el que vivir con mayor libertad.»